viernes, 13 de abril de 2018

¡Que compitan ellos!


 

En el ámbito de la esfera municipal, y en lo relativo al gasto  en instalaciones deportivas, sostenido con el dinero de los contribuyentes, considero un error educacional su utilización como escuelas de forja de campeones, actividad que, por necesariamente agónica,  de sana y gozosa tiene muy poco o nada, en lugar de destinarlas para el ejercicio físico en clave social recreativa y saludable. El afán de la victoria conduce a la negación del placer del ejercicio físico para centrarse en la obtención del máximo rendimiento.  En la antigua Grecia la palabra ascética designaba los duros ejercicios de entrenamiento a que se sometían los gimnastas  para convertir sus cuerpos en instrumentos de victoria. Pero antes de preguntarnos acerca del tipo de victoria que, con tanto empeño y sacrificio,  persigue un deportista, no solo corporal sino también en cuanto renuncia  a aprendizajes  más convenientes y provechosos (la mayoría acaba sin oficio ni beneficio) para los que no sueñan más que con laureles, y cuáles son las rentas  que con ella se obtienen,  traigo, como  ilustración de la componente masoquista del espíritu competitivo gratuito  de aquellos que con ofuscado denuedo van tras un señuelo, esta elocuente frase de Rafael Sánchez Ferlosio, de un artículo suyo, publicado en ABC el ocho de julio de 2000, titulado Borriquitos con chándal: “en lo que atañe a los esfuerzos y sacrificios, siempre me ha parecido a medias incomprensible y a medias indecente que el vacío furor de ganar por ganar les lleve a algunos a tratar su cuerpo a latigazos, como si fuese su propio caballo de carreras.

 

El espíritu de dominación de los pueblos, expresado en tiempos pretéritos mayormente a través de  las guerras, ha encontrado acomodo, en estos tiempos prácticamente de  paz  global,  en la figura del atleta deportivo, sustituto del gladiador-soldado, como instrumento de autoafirmación colectiva, además de la suya propia, no exenta de dosis de vanidad, tanto territorial (parroquia, pueblo, comunidad o nación), como de idiosincrasia de raza, Al objeto de enjuiciar la esencia y naturaleza del espíritu del deporte competitivo, resulta esclarecedor reparar en el origen etimológico de la palabra trofeo, objeto de deseo y alimento anímico de todo deportista de competición, que proviene del latín trophaeum, y ésta a su vez de otra griega que significa: “monumento elevado con los despojos del enemigo en el lugar donde empezó la derrota de éste”. Aunque el trofeo con que se premia hoy día al deportista ganador no se levanta con los despojos físicos  de los rivales, no se puede negar que, en cambio,  se alza sobre los menudillos anímicos de los derrotados, de ahí que no deje de chocar que el deporte de competición, que despierta el connatural instinto de agresión, reconducido y sublimado, se presente como escuela de vida ejemplar, en la que el deportista entrega siempre lo mejor de sí mismo.  Cuando tampoco es de ordinario ocupación provechosa. En este sentido se pronuncia Ferlosio: “¡qué humanidades, tanto ganar, ganar, ganar! humano no es medirse con los otros hombres, sino ocuparse de las cosas.”

Sin embargo, no existe rincón del mundo en que los triunfadores deportivos, elevados a la categoría de “héroes” locales o nacionales,  no gocen del fervor y aplauso de las masas, tanto más apasionados cuánto más necesitadas estén de redimir  su condición y estatus social, ya que solo ellos, los semidioses, tienen la capacidad de elevarles la autoestima y rescatarlos del complejo de inferioridad. Pero todo es vana ilusión y confortable autoengaño. El reflejo de la luz que irradian los triunfadores en nada mejora la imagen de sus paisanos,  pues siempre serán vistos y juzgados con  arreglo  a sus  cualidades y méritos personales. Nada más conmovedor en este sentido,  al tiempo que comprensible, pese a lo paradójico,  que el ver a grupos de irredentos perdedores en la vida, gentes desempleadas o mal retribuidas desempeñando trabajos duros durante largas jornadas, gritando por la calle, rebosantes de incontenible júbilo, ¡¡¡ campeoones, campeoones!!! porque el atleta o club de sus amores y desvelos, que viven y sienten    como miembros de una gran familia, ha ganado un título, del cual  participan y reciben  como remedio y bálsamo ocasional de sus cotidianos sinsabores y fracasos.  

Sorprende que el deporte, en la modalidad competitiva,  actividad que no reporta ningún beneficio material a la sociedad, goce de considerable apoyo financiero de las instituciones públicas. Las estrellas deportivas nacidas bajo el amparo de las arcas públicas, tratan de justificar que el dinero empleado en ellas durante su largo período de formación revierte, acrecentado, en sus municipios, ya que gracias a la resonancia de sus logros  ponen a su patria chica en el mapa, y porque a donde quiera que vayan a competir, pasean su buen nombre. ¿Cabe, pues, preguntar, de entre los aficionados a los deportes,  cuántas personas conocen el pueblo de origen, por ejemplo, del astro futbolero Neymar, o del campeón del mundo de fórmula uno, Sebastian Vettel? ¿Y cuántas personas, de las que respondiesen afirmativamente, atraídos por la fama  de dichas celebridades, irían de visita  a conocer los lugares donde vinieron al mundo?  

Sepan que quienes aspiren a la excelencia deportiva, no están legitimados para exigir, y menos en tono aguerrido,  porque les asiste el respaldo popular,   financiación pública de consideración para importantes mejoras de instalaciones y compra de costosas máquinas para alto rendimiento físico, sobre todo en localidades pequeñas en las que hay muchas necesidades básicas sin cubrir. Los que practican deporte de alto nivel tienen el deber de procurarse financiación privada, pues el beneficio que puedan obtener, solo en ellos redunda. Menor legitimación tienen los corporativos vinculados con el deporte, ya con  delegación a su cargo, ya con responsabilidades  en club privado, para  exigir mayores partidas dinerarias en los presupuestos municipales destinadas al sostenimiento y cultivo de un prurito competitivo estéril, sobre todo si tal demanda se realiza como contrapartida  de su voto favorable,  pues no es comportamiento admisible en representante público, el supeditar la disponibilidad de recursos para atender el servicio a  toda una población  al infinitamente menor beneficio de un club en particular.

 

                              José Antonio Quiroga Quiroga

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